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Trías frente a Hume. (2) La crítica de ese otro gemelo

Si recreamos para nuestros fines exegéticos el método de análisis histórico-filosófico de Trías, podemos decir que las obras de los filósofos están sembradas de oscuras semillas por la «mano invisble» de la tradición en la que se sitúan. Cuando el exégeta trata de reconstruir el campo semántico de una determinada filosofía debe prestar atención a la planta de esta o aquella idea, pero es necesario que desentierre parte de su tallo para ver la naturaleza de sus raíces. De este modo podrá contrastar lo que el discurso del filósofo manifiesta conscientemente con la urdimbre inconsciente que lo soporta y nutre. Hallará así  el reverso subterráneo de lo que esa filosofía enuncia, aquello diferente que hace posible su  identidad misma. Así pues, la primera misión del exégeta es poner de manifiesto lo obvio de todo discurso filosófico, lo impensado en el filosofar. Esto es lo que ya advirtió Ortega en su ensayo Ideas y creencias (1942) cuando afirma que este a priori ideológico de los discursos filosóficos “constituye un supuesto previo del orden de las creencias”[1]. En la senda de esta advertencia de Ortega, se encuentra, cabe señalar, la categoría de «sombra» con la que Trías explica esta dimensión obviada por los filósofos, a cuyo análisis dedica su primer libro La filosofía y su sombra (1969). La tesis de este libro, tal como su autor nos advierte en el Prólogo a la segunda edición, es la siguiente:

“(…) todo filósofo acepta, legitima, promulga o inventa una normativa de conocimiento [… desde la cual] establece lo que puede definirse como «saber» y lo que, por incumplir esa normativa, puede denominarse como «no saber» […] generalmente especificado bajo un «ismo», que es, ni más ni menos, la «sombra» de determinada filosofía”[2].

Sin embargo, como he apuntado en una entrada anterior bajo el título “Razones de un desencuentro”, Trías en ningún momento aplica al análisis de su filosofía dicha categoría, por lo que a nosotros compete la responsabilidad de hacerlo, a riesgo de equivocarnos. De otro lado, se trata de una cuestión trascendental para la valoración de su sistema filosófico, ya que como él mismo afirma: “cuanto mayor índice de «sombra» posee una filosofía, mayor error puede contener”[3]. Ciertamente, la «sombra» de una determinada filosofía compromete no sólo las ideas que llega a enunciar el filósofo, sino, lo que es más grave, el método que le conduce a ellas, y por ende su  camino hacia  la verdad. Sucede con los sistemas filosóficos algo semejante a las composiciones musicales: la elección de lo que se quiere oír determina la interpretación  de una obra, y por simpatía la creación de la propia obra, bien en consonancia o bien en disonancia con aquélla.

La hipótesis que aquí formulo es que la “sombra” de la filosofía de Trías, “ese otro gemelo” que denuncia reiteradamente en su obra, es el «empirismo escéptico» de Hume. De hecho, su crítica a Hume está implícita en todos los pasajes fundamentales de su propuesta ontológica. No obstante, por lo que he leído, no lo cita de forma explícita en ningún momento y son raras las veces que lo menciona. Diríase que Hume es como un fantasma que recorre su obra. Por otra parte, es pertinente observar que las escasas referencias a Hume se encuentran, con una sola excepción, en los libros en que avanza y esboza su «filosofía del límite», su  aventura filosófica más propia y personal. Particularmente en Filosofía del futuro (1983),  Els habitants de la frontera (1985),  Los límites del mundo (1985) y  La aventura filosófica (1988). Apuntemos finalmente el libro que tal vez pase por ser la obra capital de Trías, La edad del espíritu (1994), en la que desarrolla, con un registro religioso, la trama categorial del  «ser del límite» desde la que piensa la realidad y el sujeto humano.

Pero antes de entrar en el análisis de algunos de estos textos, conviene advertir que en la crítica de Trías a Hume concurre el mismo argumento de base que en la crítica de Kant a Epicuro (y por extensión a Hume),  pero sin los elogios y el moderado juicio de Kant hacia el filósofo griego. Trías rehaza las consecuencias metafísicas negativas que le parece conllevar el «empirismo escéptico» humeano desde el punto de vista de su «razón fronteriza». Según Trías, Hume no supo advertir la diferencia entre la naturaleza y el espíritu, lo que le lleva a fundamentar en la condición meramente animal (sensación, memoria, imaginación, pasiones) la articulación de la razón, cuando, en opinión de Trías, es la «razón», en virtud del lenguaje en su dimensión simbólica, la que viene a revelar y configurar los modos de aparición de la naturaleza como «mundo».

Según Trías, «mundo» es la naturaleza significada por el lenguaje, en cuya operación se transmuta el universo físico en universo cultural. Al respecto son clarificadores los párrafos iniciales del Capítulo 7 de Ética y condición humana (2000) bajo el título de “Naturaleza y Mundo”, que por su pertinencia no podemos dejar de citar aquí:

“Todo intento de reducir nuestra condición a un hecho o suceso de la naturaleza está condenado al fracaso. Nuestro natural lingüístico constituye un desmentido. Una vez se ingresa en la cultura (por la puerta grande del lenguaje) queda la naturaleza abandonada. O mejor dicho: transmutada, trans-substanciada. (…) Una expulsión que hace del hombre una existencia errante, o exiliada y en éxodo, en dirección a su verdadera Patria (que no es la naturaleza, sino un espacio nuevo que surge del abandono de ésta).

Tal patria se halla, por tanto, en el umbral o estribo del habitat natural. Yo llamo a ese umbral la Frontera. Frontera entre la naturaleza y lo que, desde ella, se constituye. eso que se gesta a partir de la Frontera debe ser llamado el Mundo. (…) De hecho, el Mundo es la propia Naturaleza, sólo que significada. Entre la Naturaleza y el Mundo se intercala ese Límite, esa Frontera que constituye nuestra propia condición: el Mundo es la proyección de la Intelingencia lingüística que nos pertenece sobre la naturaleza. Esta queda entonces preñada de signos y símbolos: de los dispositivos que hacen posibles la significación y el sentido”[4].

También es clarificador el siguiente pasaje de Filosofía del futuro, en el que se percibe, además de algunas voces de la alegoría de la caverna de Platón con la que se ilustra su teoría de las Ideas, el eco de la teoría de las correspondencias de Baudelaire:

“(…) el universo cultural está constituido por una estructuración abierta de mónadas que, o bien se expresan en lo singular sensible como símbolos artísticos, o bien se expresan en lo ideal como ideas filosóficas. El ser se revela y expresa a través de ese bosque de símbolos sensibles o ideales. De ese bosque de símbolos y de ideas se producen selecciones –morales, científicas– que configuran la facticidad. Ese bosque, formado por «pilares vivientes» que «dejan a veces oír confusas palabras», es el universo físico. El hombre pasa a través de ese universo y arroja a veces luz sobre la tiniebla y claridad sobre esa confusión. Tal tarea es la que efectúan la filosofía y el arte. Y la que, desde esas fundaciones, realiza por selección e implantación fáctica, la ciencia y la acción moral”.[5]

Para Trías la condición humana no se define por su naturaleza, sino por la capacidad del hombre de enajenarse de ella, sin que ello suponga negar su origen. De ahí el concepto de «frontera» como aquella «condición limítrofe» del ser del hombre entre naturaleza y «mundo». En Kant, como decía, se encuentra la misma objección, en tanto considera que la razón, aunque fuese algo “natural”, nos permite trascender las determinaciones de la naturaleza y nos convierte con sus condiciones de enjuiciamiento en seres legislantes de aquélla, lo mismo que de nuestra acción. Sin embargo, a diferencia de Kant, Trías entiende que el “naturalismo” de Hume cae en un nuevo dogmátismo (la deificación de la naturaleza  que se justifica por razones de fe) que, por lo demás, no disuelve el escepticismo al que conduce el fenomenismo epistemológico de sus principios metodológicos, en la medida que no sólo cierra el camino a un posible objeto de conocimiento verdadero más allá de las cuestiones de hecho, sino que, dada la falsabilidad del conocimiento empírico, niega también la posibilidad de una total certeza para lo contingente,  por lo que sólo cabe hablar con propiedad de un conocimiento de creencias y probabilidades.

De ahí que Trías considere el empirismo de Hume como una filosofía doblemente fallida en su tentativa por superar tanto el dogmatismo del racionalismo teológico y metafísico como el escepticismo radical que destila su propia filosofía, lo que le impide postular una filosofía crítica como la que prescribe Kant. Como dice Trías en Els habitants de la frontera:

“Aquest dogmatisme [la proposició aventurista i dogmàtica de la filosofía tradicional… la metafísica racionalista d’arrel cartesiana] pot conduir, un cop s’exerceix la crítica, a un empirisme escèptic (Hume), en el qual es dissol la metafísica de la seva pretensió de veritat, però al preu de deixar sense cap suport la pròpia ciència, tret potser, i amb objeccions, de les matemàtiques i la lògica formal.

La filosofia moderna només pot, des de Kant, concebre’s ella mateixa como a filosofia crítica […]”[6].

Cabe decir en relación al “naturalismo” de Hume que con este término no pretendo introducir una nueva interpretación de Hume por parte de Trías, que no la hay, sino simplemente denominar el hecho que Hume derivase los fundamentos de su filosofía del análisis de la naturaleza humana, así como del puesto que ocupa el hombre en la naturaleza. Trías considera que esta reducción de lo discursivo al ámbito de la naturaleza es una «falacia naturalista» sobre la cual hay que colocar un «semáforo del saber», como declara en relación a su propuesta ética en Ética y condición humana [7]. Esta reflexión autocrítica sobre su propia «sombra» destaca sobre el conjunto de su obra, en la que brilla por su ausencia. No obstante, es significativo observar en relación a la expresión «falacia naturalista» que Trías no mencione a Hume, a pesar de reconocer que debe ser redefinida, cuando su sentido más frecuente se refiere a uno de los principios de la filosofía moral de Hume (los juicios morales no son descripciones de cuestiones de hecho, como tampoco son inferencias de relaciones de ideas, sino sentimientos de agrado o desagrado frente a ciertas acciones). De todos modos, el «rojo» cerca la «sombra» de Hume.

Por otra parte, no queda clara la oposición a Hume, porque éste no es un “naturalista” en el sentido de Locke, ya que nunca antepuso el mito del «estado de naturaleza» al hábito, al sentimiento de simpatía o al  razonamiento utilitario. No hay ningún problema en oponer al consecuencialismo de la ética humeana el prescriptivismo y apriorismo kantiano, por el que toma partido Trías. Pero sería erróneo afirmar que Hume explica el conocimiento, así como la acción moral y la política a partir de una Naturaleza objetiva, como tampoco lo hace a partir de una Razón abstracta. Hume se opone tanto al cientificismo naturalista-racionalista como al intelectualismo e intuicionismo moral como al contractualismo. Para Hume no es posible lógicamente derivar del «ser» el «deber ser». Este principio lógico le lleva a denunciar la «falacia naturalista» implícita en toda teoría normativa, así como está en la base de su subjetivismo, emotivismo y utilitarismo. Así pues, desde el punto de vista humeano, sería Trías quien cometería la «falacia naturalista». Verdaderamente en asuntos epistemológicos, éticos y políticos, Hume puede que esté en las antípodas de Trías, pero no por los argumentos esgrimidos por éste en relación con el “naturalismo” de aquél.

Si volvemos tras esta digresión en torno al “naturalismo” de Hume al hilo de nuestra argumentación, es interesante contrastar con el crudo juicio crítico de Trías el aprecio que sintió Kant por Hume, al que reconoció, en el Prólogo de sus Prolegómenos… (1783), no sólo el mérito de poseer “una raó crítica que posa límits al sentit comú”, sino de ser el único filósofo de su época cuya advertencia sobre la distinción entre lo dado y el método “em despertà de l’endormiscament dogmàtic i la que donà una direcció enterament diferent a les meves investigacions en el camp de la filosofia especulativa”[8]. Si prestamos oído a Kant, el menosprecio de Trías es chocante, sobre todo cuando leemos lo siguiente en el Prólogo a la segunda edición de Los límites del mundo, en el que expone por primera vez la idea de “ser del límite“, verdadera piedra fundamental desde y a partir de la cual construye su propuesta ontológica: “En este libro accedo a esta propuesta ontológica […] a través de una arquitectura en la que recreo, para mis propios fines, algunos trazos de la construcción crítica kantiana”[9]. En su vehemente refutación del empirismo humeano, Trías no se da cuenta –parafraseándole–, que está articulando el reverso mismo de su filosofía, inventando su “otro gemelo“. La “sombra” que desde sí mismo proyecta le impide ver  en su verdadera talla la influencia positiva de quien, como nos recuerda Ayer, “realizó un servicio considerable a la filosofía, mostrando por un lado cómo la confianza crítica en la razón había dado en el dogmatismo y, por otro lado, reduciendo al absurdo el empirismo puro, allanó el camino a Kant”[10]. Por lo demás, contra la acusación de dogmatismo y escepticismo radical, así como de actitud antimetafísica, nadie mejor que el propio Hume para defenderse. En su Introducción al Tratado de la naturaleza humana (1739-1740) reivindica el lugar legítimo de la metafísica como ciencia del hombre en el conjunto del saber, y en su primera Investigación se propone “cultivar la verdadera metafísica con algún cuidado, a fin de destruir la metafísica falsa y adulterada”[11]. Este nuevo género de metafísica que postula Hume tiene una triple misión: por un lado, debe describir con exactitud la naturaleza de nuestros razonamientos y establecer los límites del conocimiento; por otro lado, debe ponernos en guardia contra la pereza intelectual y el dogmatismo, la superstición y el escepticismo radical, y por último, debe estar vinculada a la realidad concreta y la acción humana[12]. Se trata, por tanto, de una metafísica crítica.

La fortaleza de ánimo y seguridad que manifiesta Trías en su crítica a Hume sólo se puede justificar por la confianza que tiene en sus propias ideas y en la convicción de su legalidad y valía frente a sus adversarios. En este sentido, no es casualidad que las críticas más lúcidas y coherentes al «empirismo  escéptico» de Hume se encuentren justamente en los dos libros en los que su autor manifiesta con la mayor radicalidad la experiencia del filosofar, sin someterse a otra autoridad que no sea la de su propia «razón fronteriza». Me refiero a Filosofía del futuro (1983) y sobre todo a La aventura filosófica (1988). El primero es un libro de síntesis de sus textos anteriores, en el que traspone las categorías ontológicas antes ensayadas bajo la fórmula estética del «principio de variación», la apertura incesante a lo universal-genérico (el logos) desde lo singular-sensible (el amor-pasión) del ser del hombre, que provee el fundamento a priori del conocimiento, permitiendo con ello el acceso a la verdad. Con dicha pauta aporética que articula y escinde al sujeto, arranca, cabe decir, su «filosofía del límite». La tesis del libro se encuentra en el siguiente pasaje, que a pesar de su extensión merece ser citado aquí por su importancia tanto en la génesis de la «filosofía del límite» como en su desarrollo discursivo:

“(…) las dos leyes estéticas en que implícitamente se resuelve lo que en este libro llamo el principio de variación:

1)    La artisticidad de una obra es proporcional a la capacidad que tiene de ser recreada a través de interpretaciones (principio de fertilidad).

2)    Toda creación es siempre recreación, interpretación de virtualidades o poderes latentes de obras precedentes con las que guarda relación de mímesis compleja (principio histórico).

La primera ley enuncia el carácter abierto al futuro y en consecuencia radicalmente histórico de la obra artística.

La segunda ley revela hasta qué punto esa apertura al futuro tiene por fundamento (y también por consecuencia) la reasunción, a través de la memoria viva, de tradiciones que son evocadas, resonadas y mimetizadas en la obra artística.

(…) Al principio en el cual se articularían y sintetizarían ambas leyes estéticas lo llamo principio de variación. De hecho, la estética sirve aquí de pauta o paradigma para elaborar un modelo ontológico y epistemológico: la síntesis ontológica que tiene en el principio de variación su fundamento. En él halla su plena fundamentación una filosofía ontológica, una filosofía del futuro“. [13]

El segundo de esos dos libros es una recreación de Los límites del mundo, libro este último en el que había expuesto su idea más genuina: el «límite» o la «frontera». En La aventura filosófica se desarrolla el método de la «filosofía del límite», una tarea que será completada posteriormente en Lógica del límite (1991), desde la vivencia fenomenológica del sujeto limítrofe o fronterizo del método, la máscara a través de la cual resuena la “experiencia del límite” del propio Trías. De ahí que su autor utilice la metáfora marina de la singladura para describir cada una de las etapas del curso de esta experiencia, siendo la primera singladura la constatación de una incógnita:

“algo (= x) aparece”; y la última “el despeje de la incógnita (la “x”)”. El horizonte último del sujeto del método es el saber, la posibilidad de enunciar la verdad que se busca, que en el caso de Trías es el «límite como límite», que define como lo que “une-y-escinde pensar (pensar-decir) y ser, en la medida misma en que el mismo (el límite) es el gozne entre Sí-mismo (Selbst) y su propia alteridad o diferencia (tautón y héteron)”[14].

Con estos principios «ontoteleológicos», Trías se propone fundamentar una episteme tan equidistante del idealismo como del realismo, restaurando un «logos trágico», esto es, una razón que se sujeta en su condición limítrofe o fronteriza, asumiendo su carácter aporético, en la línea que va de Anaximandro a Heidegger, pasando por Heráclito, Platón, Kant, Goethe, Schiller, Hölderlin, Schelling, Nietzsche, Marx, Husserl y Wittgenstein.

Ahora bien. En la imposibilidad de desarrollar aquí el análisis de esos dos libros, me centraré únicamente en el primero. En Filosofía del futuro, la crítica a Hume se expone en tres Epígrafes. A uno de ellos ya me he referido en la primera parte de este artículo publicada bajo el título “Razones de un desencuentro”. Es el tercero en el orden discursivo y lleva por título “La síntesis filosófica” (II.- págs. 232-235). Recordemos únicamente aquí que Trías, bajo la sugestión de Carnap, llega a considerar a Hume no sólo como el destructor de toda metafísica trascendente, sino también como el artífice de un escepticismo gnoseológico que priva a la filosofía de su objeto más esencial: enunciar la verdad, y por ende niega todo fundamento al saber.

El primer epígrafe en que aparece la crítica a Hume es el títulado “Principio de fertilidad y principio de conservación” (págs. 109-114), que es, en mi opinión, el más importante del libro porque permite definir dicho principio, que no es otro que el «principio de variación», en contraste con sus «sombras», aunque el autor en ningún momento lo haga explícito. Trías parte de la idea de «autosuperación» o «autotrascendencia» (Übermensch) postulada por Nietzsche para definir la realidad existencial del hombre. Para Trías, el hombre sólo puede alcanzar la máxima realización en el mandato erótico de la creación, inherente a su ser, para lo cual tiene que sacrificar su individualidad, a riesgo de perecer en el intento, perecer física y espiritualmenteEsta idea, conviene subrayar aquí, ya está apuntada en su libro El artista y la ciudad (1976), donde en el capítulo titulado “Nietzsche: divorcio de alma y ciudad” formula la siguiente “paradoja de nuestra cultura”:

[hay] “una relación inversamente proporcional entre el carácter público y reconocido del sujeto creador –pensador, artista– y la exigencia de calidad y verdad del objeto producido. […] Sólo bajo la severa condición de la retirada de circulación del sujeto creador, sea en forma de locura, sea en forma de muerte, sea en forma de silencio, sea en forma de renegación y deserción […] puede alcanzarse la transacción cumplida entre el carácter social y compartido del sujeto creador y la calidad y verdad del objeto producido”[15].

Este impulso vital de fertilidad está en la base de su propuesta ontológica, que afirma

“una concepción sintética en la que lo universal y lo singular, la especie y el individuo, la ciudad y el ciudadano son pensados como unidad en la variedad sobre la base de una radical afirmación del ser en devenir y desde una perspectiva inmanentista y atea. A esa síntesis podría llamársele síntesis clásica. En ella eros se realiza o tiene por telos o finalidad la poíesis y por espacio de expansión y fecundidad  el mundo objetivo […] la ciudad[16].

Esta propuesta está, a su juicio, en abierta oposición con la antropología y moral humeana a causa de su horizonte individualista de signo utilitarista. Escuchemos al propio Trías:

“La idea nietzscheana nuclear a que me estoy refiriendo es, pues, esta conexión intrínseca, enunciada con claridad en el Zarathustra, entre amor y creatividad como clave antropológico-vital fundamental, como principio general de la vida y particular de la vida humana. Y el corolario polémico de esta idea es la revocación enérgica de la prioridad que la filosofía inglesa empirista y utilitarista (y la filosofía «burguesa» en general; por ejemplo: la filosofía hegeliana del período de Jena y de la Fenomenología) concede al principio de conservación […] la gran aportación nietzscheana –revalidadora de geniales anticipaciones platónicas– consiste en subordinar el principio de conservación al principio de fertilidad o creatividad[17].

Por «principio de conservación» Trías entiende el «principio de utilidad»[18], cuya idea, es pertinente recordar aquí, fue enunciada por Hume en su Investigación sobre los principios de la moral (1751), en particular en el Apéndice 1 titulado “Sobre el sentimiento moral”[19]. Según Hume, la razón práctica tiene una última meta: obtener la felicidad general, y los medios para conseguirla deben respetar el sentimiento de aprobación del individuo. Por consiguiente, la felicidad que se persigue en ningún caso puede sacrificar al individuo ni privarle de su libertad de decisión moral. El único modo legítimo de alcanzarla es apelando a la “simpatía” de otro individuo, pues supuesto su fundamento común en la naturaleza humana, se puede llegar a una resolución común. Sólo el acuerdo con los demás individuos refuerza nuestros instintos sociales y producen las costumbres y las leyes beneficiosas para la sociedad.

A la vista de estos argumentos se entiende que Trías afirme que “la entronización del principio de conservación como principio tiene por soporte ontológico la prioridad del átomo individual sobre el género o la especie”[20].  Lo que no es tan evidente es que la filosofía moral de Hume conlleve las consecuencias negativas que le atribuye: “Hipertrofia de lo individual a costa de lo genérico (de la sociedad, de la polis; producto o efecto de una disgregación de la ciudad). Esa individualidad es, entonces, sublimada hasta lo inmortal”[21]. Y mucho menos que se la identifique con otras variantes ideológicas de la misma “filosofía decadente”: la promesa de la resurrección de la carne en el cristianismo o el absolutismo político de Hobbes. Basta citar algunos títulos de los ensayos religiosos y políticos de Hume para refutar la opinión de Trías. Así, por ejemplo, sus ensayos políticos De la obediencia pasiva  y Del contrato original, publicados el año 1748, o sus ensayos religiosos Del suicidio  y De la inmortalidad del alma, publicados póstumamente el año 1777[22]. Con lo que sí estoy de acuerdo, en cambio, es con el apelativo de “Filosofía sin futuro“, porque frente al esteticismo nietzscheano de la Filosofía del futuro que proclama Trías[23], el pensamiento de Hume tiene una finalidad ético-política realista, consciente que la solución de los problemas prácticos del hombre no tiene demora. Así mismo, de su filosofía no se deriva ningún determinismo ni finalismo de la historia, como tampoco ningún utopismo.

Por lo demás, creo que es un error tratar de oponer, como hace Nietzsche, y bajo su sugestión Trías[24], la acción moral con el movimiento vital de la creación, porque todo ideal cultural se sustenta, en el fondo de la voluntad, en una actitud moral hacia los demás. Y los ideales inmorales, por su coincidencia con la barbarie, no pueden considerarse propiamente obras culturales, como finalmente acabará reconociendo el mismo Trías. Ni siquiera Nietzsche, a pesar de sus beligerantes lemas, puede sustraerse a esta ley del corazón humano. Como nos recuerda Thomas Mann a propósito de la idea de la muerte de Dios: “¿para honrar a quién, para elevar a quién proclamaba Nietzsche eso, sino para honrar y elevar al hombre?”[25].  En este sentido, Hume ya había pasado antes que Nietzsche por dicho trance, y ante la ausencia de todo fundamento nos propone reconstruir la razón interpelando a nuestra propia naturaleza.

Por otra parte, me parece del todo exagerado hacer responsable a Hume del divorcio entre lo público y lo privado cuando éste, en su estudio de la naturaleza humana, evidencia la búsqueda de un equilibrio entre las tendencias egoístas del individuo y los compromisos sociales, consciente como es de la tensa relación entre creación o revolución y conservación o costumbre. En verdad, el conocimiento credencial que postula Hume permite trascender nuestra atomicidad individual en la medida que nos religa con los demás individuos en una comunidad de creencias. En esta línea exegética podemos encontrar interpretaciones emergentes del concepto de «yo» humeano que apuntan hacia una concepción historicista y dinámica, según la cual el sujeto humano se constituye en relación con otros sujetos y siempre “en y desde el devenir”[26], lo que no estaría tan alejado de la concepción del sujeto que defiende Trías.


[1]  Cita tomada de La filosofía y su sombra. Op. cit.; p. 65.

[2] Íbid., p. 9.

[3] Ibid.; p. 9. Sobre la base de este principio metodológico Trías se propone elaborar una «Teoría del error filosófico» que tiene como categoría fundamental el concepto de «sombra». Estas herramientas de análisis para los estudios filosóficos serán desarrolladas en sus libros Teoría de las ideologías (1970) y Meditación sobre el poder (1977) y aplicadas a los diversos ámbitos del saber no teorético en todas sus obras “pre-fronterizas”, es decir, anteriores a la formulación de su «filosofía del límite». Cfr. aquí la nota 14 por lo que respecta a su doctrina de la verdad.

[4] Ética y condición humana. Barcelona, Ediciones Península, 2000; pp. 51-52.

[5] Filosofía del futuro, Op. cit.; pp. 215-216.

[6] Els habitants de la frontera. Sobre mètode, modernitat i crisi. Barcelona, Edicions 62, 1985; p. 25.

[7] Ética y condición humana, Op. cit., p. 65.

[8] Citado de la traducción de Gerard Vilar. Prolegòmens a tota metafísica futura que vulgui presentar-se com a ciència. Barcelona, Editorial Laia, 1982; pp. 64 y 65.

[9] Los límites del mundo. Barcelona, Ediciones Destino, 2000; p. 13.

[10] Hume. Madrid, Alianza Editorial, 1988; p. 38.

[11] Investigación sobre el conocimiento humano, Op. cit.; p. 35.

[12] Ver Íbid., pp. 32-37.

[13] Filosofía del futuro, Op. cit., pp. 184-185.

[14] La aventura filosófica. Madrid, Mondadori, 1988; p. 12. Para la doctrina de la verdad en Trías véase el capítulo “Conocimiento y verdad” de La razón fronteriza (Barcelona, Ediciones Destino, 1999; pp. 267-312), en el que se sintetizan sus anteriores concepciones desde Filosofía del futuro.

[15] El artista y la ciudad. Barcelona, Editorial Anagrama, 1997, pp. 182-183.

[16] Filosofía del futuro, Op. cit., pp. 113-114.

[17] Íbid.; pp. 109-110.

[18] En relación con la crítica del «principio de conservación» se encuentra el Epígrafe titulado “Un tranquilo reino de leyes estéticas. Revolución y creación en el arte” (págs. 196-201) en Filosofía del futuro, donde Trías aborda una de las cuestiones más importantes del arte y de la estética: “lo que hace artística a una obra”. A mi parecer, el mayor interés que tiene este Epígrafe -el segundo en el orden discursivo en relación a su crítica a Hume-, sin menospreciar el modelo explicativo  de la producción artística que aquí expone, para nuestra sorpresa, en la senda abierta por el mismo Hume, no es otro que la corrección que efectúa Trías de la sugestión nietzscheana de la antítesis entre ética y estética en su contraposición entre el «principio de fertilidad» y el «principio de conservación», señalado más arriba. Para el análisis de ese segundo epígrafe remito a una próxima entrada que llevará por título “El juicio estético en Eugenio Trías”.

[19] Sigo la trad. de Carlos Mellizo. Investigación sobre los principios de la moral. Madrid, Alianza Editorial, 1993; pp. 171-183.

[20] Filosofía del futuro, Op. cit., pp. 110.

[21] Íbid., pp. 111

[22] Sigo respectivamente las trad. de César Armando (Madrid, Editorial Tecnos, 1994) y de Carlos Mellizo (Madrid, Alianza Editorial, 1995).

[23] Al respecto ver el pasaje citado aquí en la nota 13. Para el significado de la expresión “Filosofía del futuro” es clarificadora la siguiente definición del mismo Trías: “[…] filosofía capaz de determinar la trascendencia desde una perspectiva radicalmente inmanente. […] Pero ese éxtasis es correlativo al éxtasis  «hacia atrás» de la memoria […]. Filosofía del futuro, Op. cit., pp. 133-134.

[24] La hostilidad de Nietzsche hacia la filosofía británica es patente en el siguiente pasaje de Más allá del bien y del mal 1886):

“No son una raza filosófica –esos ingleses: Bacon significará un atentado contra el espíritu filosófico en cuanto tal, Hobbes, Hume y Locke, un envilecimiento y devaluación del concepto «filosófico» por más de un siglo. Contra Hume se levantó y alzó Kant; de Locke le fue lícito a Schelling decir: je meprise Locke  [yo desprecio a Locke]; en la lucha contra la cretinización anglo-mecanicista del mundo estuvieron acordes Hegel y Schopenhauer (con Goethe) […] A esa no-filosófica raza caracterízala el hecho de atenerse rigurosamente al cristianismo: necesita la disciplina «moralizadora» y humanizadora de éste”. Cita tomada de la traducción de Andrés Sánchez Pascual (Madrid, Alianza Editorial, 1979; pp. 207-208.).

El juicio crítico de Nietzsche, tan lúcido en tantos otros asuntos, es totalmente arbitrario en relación con Hume y falto de todo rigor histórico. (Cfr. en la entrada anterior titulada “Razones de un desencuentro” la exposición que motiva la nota 9, en la que se considera la persecución inquisitorial que padeció Hume.) De hecho, las autoridades que invoca evidencian el descrédito en que se tuvo a la filosofía británica por parte de la filosofía continental en la primera mitad el siglo XIX, ocupada como estaba esta última en unas especulaciones metafísicas que en nada favorecían la recepción positiva de aquélla.

[25] “La filosofía de Nietzsche a la luz de nuestra experiencia”, en Schopenhauer, Nietzsche, Freud. Madrid, Alianza editorial, 2000; p. 134.

[26] Ver María José Montes, Interpretaciones contemporáneas de la filosofía de Hume en España. En op. cit.; pp. 51-52.

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Archivado bajo Trabajos de doctorado

Filosofía del límite y escritura. En torno a la literatura de conocimiento de Eugenio Trías

Nota preliminar

El presente estudio consiste en una ponencia leída el mes de febrero del 2002 en el Seminario Eugenio Trías de Barcelona, de cuya existencia y funcionamiento ya se ha hablado en notas anteriores. Este escrito tiene una especial importancia para mí porque se trata de mi primera intervención como ponente en dicho Seminario y algunos de los argumentos aquí expuestos los desarrollé más adelante en otras ponencias ya publicadas en este blog.

Cabe hacer una observación a propósito del tema aquí estudiado. Si tomamos los libros de Eugenio Trías como literatura de conocimiento, no podemos olvidar que como creación literaria no han sido escritos sólo para ser comentados por los críticos, sino también para la fruición estética del lector. En este sentido, nuestro conocimiento de sus libros consiste en una intuición totalizadora que intenta reproducir la intuición del autor. Si se me solicita un ejemplo, elegiría, como no, uno de lo libros más queridos por nuestro filósofo y escritor, en particular  las páginas finales del Tratado de la pasión (1979). La imagen que aviva en mi interior su lectura es la del rojo sobre el blanco, los colores del misterio inefable del amor, que es el principio de toda creación.

La dimensión retórica de la idea de límite

Los lectores y críticos de la obra de Eugenio Trías que no sean unos “Orejas Largas” –con la expresión utilizada por el mismo autor para refereirse a los que leen pero no entienden– coinciden en señalar las excelencias estilísticas de sus libros y la importancia que para este autor tienen  los principios poéticos y los efectos estéticos de su escritura filosófica. Así, Fernando Pérez-Borbujo nos dice en su artículo “La filosofía del límite a juicio” (2000), que «la primera época de la filosofía de Eugenio Trías ha sido asistir públicamente a la forja de un sistema filosófico en la fragua de la escritura, en la forma del ensayo»[1], tal como el mismo autor reconoce en el Epílogo de El artista y la ciudad, escrito el 1975, en el ecuador de esa primera época pre-fronteriza, que podemos fechar entre sus  escritos Alma y bien en Platón, del 1964, su tesis de licenciatura, y Filosofía del futuro, del 1983, libro de síntesis de su escritos anteriores y con el que principia su «filosofía del límite». Y Jordi Ibáñez nos advierte en su artículo “La escritura infinita. Muerte y logos en la filosofía del límite” (2001) la íntima conexión entre la idea filosófica de límite y la práctica de la escritura, «entendida como la experiencia propia del pensar, como su celebración más genuina»[2].

Sin embargo, algunos de esos mismos lectores y críticos reservan su interés para las ideas y la trama conceptual de su propuesta filosófica, dejando el fenómeno literario y la intención estilística de la proposición en un discreto segundo plano. Como dice el mismo Jordi Ibáñez, que Trías se defina a sí mismo como escritor de filosofía, y no como pensador «no debería entenderse en el sentido de alguien que es consciente de poseer un estilo literariamente plausible […] Reclamarse como escritor significa simplemente apelar al medio en el que el pensar se desenvuelve y se expande como una especie de thinking in progress». En mi opinión, este desplazamiento del aspecto retórico de la proposición a un segundo plano de interés se explica por la confusión entre lo hablado y lo escrito, que impide reconocer las profundas diferencias en el modo de pensar entre el habla y la escritura, al reducir la escritura a una simple máquina registradora del habla.

Tal como yo lo entiendo, en la línea de Saussure, Sapir y otros lingüistas, el «pensamiento en desarrollo» sólo acontece en el acto de hablar. Pero en el acto de escribir, si bien presupone el habla, se produce una descomposición del pensamiento en virtud de la gramática y sobre todo de la pragmática. Al escribir, el pensamiento experimenta un doble movimiento: primero de abstracción respecto a la palabra en su relación con las cosas, lo que hace posible la definición de un nuevo significado, y después de encarnación en la palabra, ya sea la palabra originaria o un neologismo más acorde con la idea alcanzada, pero en todo caso con un nuevo uso que asegure la comunicación del significado encontrado. Con ello el lenguaje trasciende el orden de lo puramente biológico, de lo natural, para instalarse en un orden espiritual, de lo artificial. De este modo el signo se objetiva y da la posibilidad al escritor de adoptar una actitud crítica con respecto a él, permitiendo infinitos modos de significación e infinitas formas de producción lingüística. El signo de la escritura cambia entonces de especie: es signo ideal del signo empírico del habla, transformándose así en símbolo. Esta trans-substanciación del signo nos permite prever, tal como Trías concibe la idea de «límite», según creo entender, un «límite»  desde el que se explana la realidad, se vislumbra la verdad y emerge nuestra condición humana como sujetos fronterizos o del límite: por un lado, el límite» entre  la naturaleza y el mundo como expresión simbólica de esa naturaleza, y por otro lado, el «límite» entre el mundo y su más allá como silencio al que nos conduce inexorablemente la muerte. Así pues, sólo la elocuencia de la escritura tiene el poder de revelar el «ser del límite» como fundamento de la realidad, criterio de certeza y condición de posibilidad de la condición humana.

Si como nos dice Trías, el «límite» tiene una estructura asimétrica como gozne que abre y cierra nuestro enraizamiento en la naturaleza y nuestra proyección al más allá, en un doble movimiento de identidad y diferencia con los dos mundos de los que nos han dado noticia todos los filósofos: el de las apariencias y el de las ideas, el de la necesidad y el de la libertad, el de lo profano y el de lo sagrado; entonces, la única expresión que puede enunciar una tal idea es el lenguaje simbólico que nace con la escritura, cuyos signos poseen un carácter nómada, peregrino, fronterizo para moverse en la cesura entre esos dos mundos. Este lenguaje simbólico, definido por Trías como la cuarta categoría de La edad del espíritu (1994) no es otra cosa que el «lenguaje de vacaciones» constituido por «signos flotantes», teorizado en Metodología del pensamiento mágico (1970), que pretende la apropiación verbal del más allá a través de un libre juego con conceptos. Ni tampoco es otra cosa que la «dispersión», tal como intuyó en La dispersión (1971), un libro en el que está in nuce el sistema expresivo de la «filosofía del límite» desarrollada en La edad del Espíritu, y que, como el mismo autor nos dice, «es a la vez aquello de que se habla y el modo como se habla de aquello de lo que se habla», para escándalo de los filósofos del lenguaje.

La voluntad de estilo

A la luz de esta genealogía del logos en la obra de Trías, no creo aventurado afirmar que la escritura no sólo encarna la palabra y la idea, sino que configura su dimensión simbólica. Por esto mismo, la escritura es cosa distinta del habla, en la medida que trasciende la función representacional del lenguaje hablado, y a través de la función simbólica que le es propia es capaz de expresar aquello que no se refleja en la realidad por su transparencia, por su fundamento en falta, por la ausencia de toda substancia, pero que, paradójicamente, es su principio ontológico, esto es, el «ser del límite» postulado por Trías. Sólo la mediación escrita por su valor simbólico puede crear el efecto de realidad en cuyo artificio retórico, de forma enigmática, indirecta y analógica, se nos revela el «ser del límite» en sus tres instancias: el «cerco del aparecer» o mundo en el que esa realidad se vive como el don de la existencia, y de cuya profunda emoción arranca el logos (como un pensar-decir que se resuelve en la escritura); el «cerco fronterizo», o límite del mundo en el que esa realidad es significada racionalmente, y el «cerco hermético» o más allá del límite cuya realidad se supone pero se custodia de toda apropiación racional mediante un suplemento simbólico, que cabe entender como una elevación artística y espiritual de la función simbólica del lenguaje escrito.

Ciertamente, la exposición del «ser del límite» sólo puede lograrse conjugando el pensamiento que habla con la escritura ejercida con voluntad de estilo en su despliegue simbólico. Este curso expositivo del «ser del límite» se recrea en el juego de las siete categorías postuladas por Trías para definir el «ser del límite»; un curso lingüístico y escritural en el cual el sujeto descubre su propia condición limítrofe o fronteriza, cuya única substancia es su textualidad en forma literaria. Si  por un lado esas categorías descubren la realidad, por otro lado su recreación acontece en el sujeto que las soporta. La realidad, por tanto, es la exposición  que resuena en cada persona, cuya máscara es de naturaleza textual y literaria. Como nos dice Trías  en el último capítulo de Ética y condición humana (2000), titulado Persona y comunidad: «Nuestras vidas son relatos: expresiones lingüísticas ligadas a “formas de vida” […] Y en ese ser sujetos de narración y relato se cifra también nuestra propia dignidad». Así pues, Trías asume el llamado giro lingüístico del pensamiento contemporáneo que consiste en concebir el pensamiento como lenguaje y el sujeto como narración y relato. Recordemos aquí que esta concepción de la razón y la subjetividad tiene tres momentos fundamentales: la autoconciencia lingüística y literaria del pensamiento en Nietzsche; la concepción del sujeto como la verbalización simbólica de la escisión de sus instancias psíquicas, cuya formalización lingüística es inmanente a la creación literraria, en Freud;  la concepción del sujeto como «un límite de mundo» en tanto que límite de su lenguaje en Wittgenstein.

En verdad, como dice Trías, «la clave de la filosofía [de su «filosofía del límite» como de toda filosofía portadora de una propuesta ontológica] no radica en lo que dice [lo que a partir de Los límites del mundo (1985) llamará el «límite»] sino en la secreta implicación de eso que dice con el modo en que lo dice [entiéndase aquí el estilo]», revalidando así la conclusión a la que llegó también Nietzsche cuando afirma: «lo que se espera del filósofo está ligado al juicio sobre el estilo». De ahí que a Trías no le guste definirse como pensador, sino como escritor, consciente de su voluntad de estilo y del valor simbólico de la escritura para el conocimiento de la realidad y la constitución de nuestra subjetividad. Sólo en este sentido, a mi parecer, se entiende su constante preocupación por la “buena” recepción de sus libros, que, tal como nos pide desde sus primeros escritos, verbigracia en La dispersión, «tome el pensamiento a flor de piel, como escritura».  Desde este punto de vista, lo peculiar, lo diferencial de la propuesta filosófica de Trías no ha sido, tal como yo lo veo, todavía justamente valorado. Para su completa recepción se requiere un nuevo enfoque crítico que centre su interés en el estilo, y esto sólo puede conseguirse desde la perspectiva de una estilística filosófica, una disciplina todavía hoy en vías de constitución.

Una obra en desarrollo

De otro lado, la cuestión del estilo en Trías no es sólo relevante para nuestro juicio de valor de su propuesta filosófica, sino que tiene una importancia trascendental para comprender el método que le ha llevado hasta ella, esto es, la generación y construcción de su pensamiento. Porque para interpretar la filosofía como literatura de conocimiento debemos remontarnos del acto de escribir al acto de leer, es decir, de la poiesis (el aspecto productivo) a la aisthesis (el aspecto receptivo) de la experiencia filosófica. En este sentido, la escritura es antes que nada diálogo con la tradición. De hecho, sólo quien ha participado de la actividad productiva de los otros puede llegar a convertirse él mismo en productor. O dicho más simplemente: sólo escribe el que lee. Esto mismo es lo que ha hecho Trías en el curso de su producción filosófica. Naturalmente, sin una propuesta filosófica genuina y personal no hay en sentido estricto creación filosófica. Pero para que esta propuesta pueda producirse debe rememorar, tal como entiende Trías, las ideas filosóficas más relevantes de la propia tradición y que han supuesto un punto de inflexión en nuestro pensamiento. Y este ejercicio de memoria histórica se va destilando en la escritura, en cuya práctica se van recreando las ideas tomadas de nuestra tradición filosófica. Es en la escritura donde la tensión conceptual generada en el diálogo con la tradición, con el objeto de poner a prueba y dilucidar las propias ideas, se atempera con la voluntad de estilo.

El estudio del estilo en Trías nos lleva, verdaderamente, a asomarnos a esas oscuras galerías del alma del filósofo en las que se fragua la construcción literaria de su pensamiento. Nos permite entender el uso personal que hace del idioma y reconocer con ello su maestría idiomática en la creación literaria. Pero hay otro aspecto en el estudio del estilo que, a mi parecer, es más interesante: a saber, el hombre trans-substanciado en el estilo, en su inalienable unicidad e individualidad como agente creador de un sistema expresivo que informa las ideas. Porque la eficiencia de la actividad creadora del filósofo nos mueve a convertirnos, a nosotros lectores y críticos de sus obras, en filósofos. Como nos advierte Nietzsche en su Prólogo del 1874 de La filosofía en la época trágica de los griegos, una propuesta filosófica sólo es del todo verdadera para su respectivo autor. Pero quien goza del hecho literario y estilístico de la proposición goza también de esa propuesta, aunque sea absolutamente errónea o llegue a ser desplazada por futuras propuestas; comporta un elemento personal en absoluto irrefutable. El estilo del autor significa que su modo de pensar se ha efectuado, y por tanto, es factible para las personas próximas a sus obras. Quizá, como ha reconocido Trías en alguna ocasión, lo que quede de su obra sea la escritura. Y esto es lo que hay que admirar y respetar, porque su eficiencia genésica ninguna filosofía ulterior nos la puede ya robar. Con el estilo queda siempre el gran hombre.

Por lo demás, no podemos obviar, en el entusiasmo de nuestro elogio y en el interés apologético que pueda despertarnos la «filosofía del límite», que Trías es posiblemente, de todos los filósofos contemporáneos, uno de los más porosos a la tradición filosófica, el que más ideas incorpora y asimila de los clásicos del pensamiento, guiado por un espíritu liberal y ecuménico. Ciertamente, en pocos filósofos de nuestro tiempo se podrán hallar, de forma tan manifiesta, aunque no siempre explicitada por el autor, tantas fuentes como en él. Con ello no quiero decir que su propuesta filosófica descanse o se acomode en la de los demás, como si estuviera falta de originalidad, sino, todo lo contrario; su originalidad consiste en la recreación intelectual y renovada formulación lingüística de las ideas y expresiones de los grandes filósofos de nuestra tradición. Como declara el propio autor en una indispensable entrevista realizada por Mario Teodoro Ramírez por lo que respecta a la relación de su propuesta filosófica y su escritura: «pensar es siempre, en filosofía, “pensar con”, pensar en compañía, pero no pensar “sobre”, ni “desde”, ni “contra”, sino “con” […]. Pensando en compañía se piensa críticamente; y se es fecundo».[3] Con todo, cabe observar, la porosidad de su espíritu tiene también un umbral de tolerancia determinada por la densidad crítica de las ideas propias y alógenas, lo que explica, en parte, su impermeabilidad cuando no rechazo a las ideas de los filósofos coetáneos. Diríase que se aplica para su espíritu una especie de principio de Arquímedes.

De ahí que a Trías le interese más el acto de creación de sus obras que no las obras producidas, porque la escritura es el fruto de ese diálogo amoroso con la tradición, ese instante fugaz en el que todas las almas alcanzan su unidad  con la encarnación de la palabra escrita. Por esto mismo, nos reitera con tanta insistencia la idea de recreación o variación, tomada de la forma variación de la composición musical, porque ese es el modelo que sigue su rememoración de la tradición filosófica y que cristaliza en un estilo. Como nos confiesa en la entrevista citada más arriba: «La música siempre me ha acompañado, influye mucho en mi manera misma de escribir y de exponer; sin darme cuenta utilizo mecanismos como los de los motivos conductores, un tema que se va desarrollando, que luego se deja, pasa a primer plano otro, vuelve, reaparece, se enriquece con los otros desarrollos, en una topología por otro lado compleja y que tampoco se cierra o se clausura; esta dimensión práctica de la escritura, y que cuaja en un estilo, cada vez está más asumida y más reflexionada en mi obra, porque yo creo que es uno de los modos en que mi propuesta filosófica se encarna»[4]. En verdad, la forma musical de la variación es lo más parecido a la síntesis morfológica que se produce en el paso de la vida monomorfa a la vida polimórfica del espíritu, paradigma de toda creación. Se trata de un procedimiento estructural y constructivo de la escritura filosófica en virtud del cual se produce la exposición del tema del «ser del límite» en su juego de las siete categorías, mediante un ejercicio de memoria histórica. Este ideal compositivo lo culminará en la obra que posiblemente sea su creación capital, La edad del espíritu, donde se unen con el mejor virtuosismo el rigor conceptual y la voluntad de estilo.

De este modo, aplicando el «principio de variación» se consigue una síntesis dialéctica de los dos aspectos esenciales de la experiencia filosófica, incomprensiblemente separados por  ciertos manierismos postnietzscheanos, como si se tratase de dos polos opuestos: la recepción de las ideas y la producción de las mismas como escritura. Con ello se supera la falsa oposición entre un logos dialógico sancionado por la tradición y un logos escritural confrontado con su lector. Para Trías, lo mismo que para sus dos grandes mentores, Platón y Nietzsche, la filosofía subsume la tradición y se realiza en la escritura, tal como da fe su libro Ciudad sobre ciudad (2001). En este sentido, su proyecto filosófico no es tanto esa especie de thinking in progress como lo define Jordi Ibañez en el artículo antes citado, como propiamente una work in progress como la define el mismo autor, en la medida que es una constante recreación de ideas de la tradición  y búsqueda del estilo más acorde para su expresión, con lo que se cumple el «principio de variación» que preside todos sus escritos.


[1] Sin referencia. Cita tomada de la edición digital en: http://cibernous.com/autores/trias/teoria/bormujo.html

[2] Publicado en ER: Revista de filosofía, Nº 28, marzo 2000, pp. 43-70.

[3] “Filosofar en el límite. Diálogo con Eugenio Trías”, en Devenires, México, 2001, p. 6. Cita tomada de la edición digital en: Devenires-4.

[4] Op. cit., p. 29.

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«El pensament de Joan Maragall», de Eugenio Trías: Un libro sin destino. (2) Un libro en el cruce de dos filosofías

(2) Un libro en el cruce de dos filosofías

Una de las grandes pasiones de Eugenio Trías, constante en el conjunto de su obra, es el proceso de creación, y en particular la creación artística. Como confiesa en una lejana entrevista del año 1978, realizada por Javier García Sánchez: “Me fascina saber los móviles, conflictos y torturas que se engendran en el acto de creación. Todo ello puede ofrecer una idea más o menos clara de la influencia en mi obra” (“Eugenio Trías: La importancia de la meditación filosófica” en Conversaciones con la joven filosofía española, Barcelona, Ediciones Península, 1980, p. 168). En la misma entrevista confiesa que hasta la fecha ha sido lector de unos pocos poetas y, para ser más honesto, de unos pocos poemas. Y también llega a confesar que hubiera deseado ser, además de músico, poeta, cosa que no pudo ser por su inequívoca vocación filosófica. Pero lo que aquí nos interesa destacar en relación con Maragall es que desde sus primeras conversaciones con Calsamiglia, en el año 1977, hasta la redacción de su libro sobre Maragall, en el 1981, Trías tiene una relación de fidelidad con Maragall basada en una profunda estimación de su obra y pensamiento. Y no creo aventurado decir que tuvo una profunda influencia de Maragall en un momento en el que buscaba conciliar un estilo narrativo y un estilo lírico cuyo conflicto le preocupaba amargamente. En la citada entrevista encontramos otra confesión iluminadora al respecto: “he llegado a una transición que está relacionada con mi estilo y con lo que estoy haciendo (…) encontré otro estilo que, a pesar de ser expositivo –sin renunciar nunca a serlo–, me posibilita y me dispara hacia reflexiones de orden poético en el sentido de que tengan algún elemento lírico en ellas, más implícito que explícito. Creo que ahí hay una vía” (op. cit., p. 169)

La vía de la que habla Trías la encontramos en su obra Tratado de la pasión, publicada en el año 1979, cuando ya esta inmerso en su lectura e interpretación de Maragall. Este libro, que tal como han señalado los críticos tiene más de meditación que de tratado, es uno de los libros que más alegrías le ha dado a su autor, que tuvo una estupenda recepción tanto por parte de la crítica como del público, que “enganchó” a sus lectores y que tuvo “numerosos imitadores”, en plabras del mismo autor. En efecto, este libro es, después de Lo bello y lo sientro, del año 1982, el que más ediciones ha tenido (1979, 1984, 1988, 1991, 1997, 2006 y 2009, esta última en el primer volumen de sus obras escogidas titulada Creaciones filosóficas 1: ética y estética), un hecho insólito en un libro que no sea de divulgación ni de autoayuda en el panorama filosófico en lengua castellana. Un libro, es importante subrayar, en el que se expone con la mayor precisión conceptual –de ahí cabe suponer su título– su propuesta de una filosofía del amor, que tiene su precedente literario y metafísico en Meditación sobre el poder (1977) y que alcanzará su culminación en El pensament de Joan Maragall (1982).

Por otro lado, no creo que el testimonio del espacio de tiempo en el que se produce la redacción del libro sobre Maragall, ofrecido en Lo bello y lo siniestro, escrito de manera simultánea a su libro sobre Maragall, que se encuentra en el Prólogo a la octava edición (2001), sea una simple chanza del autor. Si así fuera, ya habría hecho este guiño al lector en el Prefacio de la primera edición (1982). Creo que la reflexión metodológica que ofrece el autor en su último Prólogo sobre la manera de experimentar y probar su propuesta filosófica nos da la clave para su correcta comprensión, más cuando en el Prefacio a la primera edición tal reflexión no se hace, tal vez por pudor intelectual a desvelar su propio proceso de creación filosófica en un momento en el que buscaba un nuevo estilo para su escritura y pensamiento y que la influencia del gran estilo de Maragall lo tiene demasiado presente. Cuando Trías declara que “mi laboratorio propio, aquél en el cual mi filosofía se ponía particularmente a prueba, lo constituía la estética; o la reflexión sobre las obras de arte; y sobre todo la recreación de éstas (tomadas en su máxima singularidad) a través de mi propia forma de encarar el estilo y la escritura” (íbid.., pp. 7-8), está claro que esta manera de encarar la creación filosófica constituye la base metodolgica de un libro como El pensament de Joan Maragall. Cuando el autor nos dice que ambos libros fueron escritos simultáneamente y que la monografía maragalliana es un libro que puede parecer muy distinto pero que no lo es, porque, desde el proceso de la propia creación, tienen “extrañas afinidades subterráneas, o implícitas”, su sentido se ilumina si confrontamos este pasaje con el citado más arriba: “encontré otro estilo que, a pesar de ser expositivo –sin renunciar nunca a serlo–, me posibilita y me dispara hacia reflexiones de orden poético en el sentido de que tengan algún elemento lírico en ellas, más implícito que explícito”, justo en el momento que emprende su exégesis del pensamiento de Maragall, en el que encuentra un horizonte conceptual y un estilo que le permite no sólo su recreación, sino también la construcción de la vía en la que haya su síntesis narrativa (de forma explícita) y lírica (de forma implícita) por la que tiene que transitar su escritura y pensamiento.

La base categorial y crítica de esos tres libros, así como del libro El artista y la ciudad (1976), se encuentra en su libro Drama e identidad, publicado en el 1974, donde analiza la confluencia de Eros, el elemento concreto y sensible, con Lógos, el elemento abstracto y racional, una confluencia que en su mutua mediación de renuncia y decisión se supera la contradicción, el Mal, y se alcanza la identidad, el Bien. A este proceso de identificación de contrarios en virtud de la mediación que operan las fuerzas en conflicto lo define Trías como drama. En cambio, la tragedia se define como la interminable contradicción entre Eros y Lógos que, al rechazar todo intento de mediación, conduce a su radical diferencia. De este modo, el Eros se sume en un fondo irracional y el Lógos se escinde del Eros llevado por un espíritu de abstracción. Si el drama consiste en un proceso anímico que lleva el individuo hacia la cepa, la estirpe, el género, lo universal, la tragedia, por su parte, rompe todo vínculo entre el individuo y lo universal, por lo que aquél se extravía en el irracionalismo.

Este juego categorial Eros-Lógos será actualizado en sus textos posteriores bajo los conceptos subjetivo-objetivo, deseo-producción, alma-ciudad, dominación-poder, cosas-reflexión, pasión-acción/conocimiento y pasión-razón. Trías entiende que todas estas categorías deben pensarse sin establecerse diferencias de grado, en tanto que componen una síntesis antropológica y ontológica. Así, por ejemplo, en su filosofía del amor, a la dimensión física y pasional del amor se le otorga la misma importancia que a la dimensión ética y política del amor, en la medida que la primera hace posible la segunda, y ésta salva a aquélla de su extravío. Esta identidad permitirá a Trías introducir una nueva categoría en su discurso filosófico, el sujeto-pasional, que, como lúcidamente advierte Norbert Bilbeny, “había sido expresamente eludida en sus libros anteriores” (op. cit., p. 356). Y esto mismo es lo que encontramos en su libro sobre Maragall. Cuando interpreta la compasión que el poeta siente por el malhechor y su interiorización del mal en su artículo “El rapto de la «Gioconda»” (31-VIII-1911), un texto fundamental para entender sus tres artículos en torno a los sucesos de la Semana Trágica[1], encuentra una prueba experimental de aquella identidad expresada en el sujeto-pasional. Como nos aclara el propio Trías en una nota final:

“La idea de que «el alma es de algún modo todas las cosas» es aristotélica. Personalmente daría la siguiente interpretación a la frase: «porque el alma puede compadecer todas las cosas, por eso mismo puede conocerlas». Esa«com-pasividad» del alma sería la base –pasional– de su capacidad cognoscitiva. Dicho de otro modo: porque el alma puede ser afectada, puede padecer, por eso mismo puede conocer, ser racional. Su racionalidad tiene en la pasión su disposición, su condición necesaria –si bien no suficiente” (p. 148, n 25).

En esta noción de alma del mundo se percibe la relación dialéctica entre singular-universal, inmanencia-trascendencia. En este sentido, no habría ningún problema en aceptar la imagen pánica o panteísta que D’Ors ofreciara de Maragall, siempre y cuando su panteísmo no se piense a la manera oriental, según la cual se subsume toda identidad en una unidad primordial, disipándose en ella. Tal como dice Trías:

“Plantear radicalmente la cuestión del primer principio y a la vez plantear radicalmente el carácter diferencial, singular de cada cosa: tal sería el panteísmo de que Maragall recibe de Spinoza, el menos reduccionista de los filósofos precríticos [anteriores a Kant] junto con Leibniz. Y bien, en Maragall está presente y viva la idea leibniziana de la singularidad y la diferencia de cada mónada, a la vez que la idea gradualista, integradora, según la cual los tránsitos y las modificaciones deben entenderse a partir de gradaciones, no de rupturas” (pp. 86-87).

Ciertamente, Maragall concibe el sujeto-pasional como alma, no como espíritu, en la línea del panteísmo romántico de un Goethe, un Schelling o un Novalis, y por tanto, en una línea opuesta al espiritualismo racionalista de un Hegel o de un Krauser. Una posición que, a juicio de Trías, “lo acredita como un genuino filósofo latino-mediterráneo” (p. 90), en la medida que su concepción del alma es místico-sensual. Por otra parte, los modos en que puede manifestarse este sujeto-pasional en su relación con los otros articula todas las dimensiones posibles del amor, por lo que cabe decir que su ética se resuelve en una filosofía del amor, del mismo modo que su estética se resuelve en una filosofía del alma, lo que viene a reforzar aún más, si cabe, la vindicación de Maragall como pensador. Al respecto Trías escribe una larga nota final, de la que sólo leeré aquí el planteamiento general inicial, en la que expone una argumentación que deja prácticamente zanjada la cuestión:

“La grandiosa concepción maragalliana del amor bastaría para acreditar a nuestro poeta como un pensador (…) de primera magnitud. La grandeza de esta concepción estriba en la capacidad maragalliana por destacar todas las dimensiones del amor, la dimensión estético-pasional o anímica, la dimensión ética o «activa» (el amor activo), la dimensión social o cívica (el amor cívico), la dimensión inclusive heróica el amor cívico (el amor sin horizonte de esperanza, la fidelidad a la «ciudad mala»; pero asimismo la fina y sutil dialéctica de todas estas dimensiones con la esfera físico-corporal y espiritual-racional” (pp. 151-152, n. 28).

Por otra parte, la publicación del libro sobre Maragall también está precedida por El lenguaje del perdón. Un ensayo sobre Hegel, publicado el año 1981. Este último libro constituye, tal como nos advierte el mismo autor, la base teórica de su interpretación de Maragall. Tal como nos dice el autor a propósito de esta relación, “tomando como pretexto la reflexión hegeliana sobre el orden posrevolucionario intento en este libro fundamentar el principio de libertad responsable y de «amor cívico» sobre el que puede construirse, sobre bases morales firmes, un orden socio-político democrático. Este libro constituye un intento, por lo que a mí se refiere, de contribuir filosóficamente a la edificación de una sociedad gobernada por principios de edad adulta” (p. 152, n. 29). Esta preocupación filosófica en torno a la armonización del individuo y la comunidad la percibe también Trías en la producción de artículos ideológicos, sociales y políticos de Maragall, sobre todo los escritos a propósito de los sucesos de la Semana Trágica del año 1909, así como su última producción desde esa fecha hasta su muerte, a finales de 1911, en los que se intenta fundamentar una ordenación social y política democrática desde el espíritu moral.

Así pues, la función que cumple el libro El pensament de Joan Maragall en relación al Tratado de la pasión y El lenguaje del perdón es crucial en la conclusión de su propia filosofía del amor, así como en la evolución de su propuesta filosófica en dirección a la filosofía del límite. Como señala el mismo autor en una nota final a su libro sobre Hegel:

“Este texto insinúa tan sólo estos conceptos constructivos desde los cuales la crítica de Hegel cobra toda su fuerza. En el texto, de próxima publicación, El pensamiento de Joan Maragall, establezco el marco conceptiual dese el cual puede efectuarse dicha crítica. A él me remito para una completa comprensión de lo que en este epílogo insinúo. En el Tratado de la pasión trabajé la dimensión pasional del amor; en este libro he elaborado, a la luz del planteamiento hegeliano, la dimensión moral; en el texto sobre Maragall sintetizo ambos planteamientos, esbozando el marco antroplógico y ontológico desde el cual es posible pensar esa síntesis. El concepto central es el concepto de Alma” (p. 233).

El Epílogo con el que concluye el libro El lenguaje del perdón plantea la necesidad de superar a Hegel por su unilateralidad al subordinar el alma (esto es, la naturaleza, la vida, la pasión, el amor) al espíritu (esto es, la razón, el conocimiento, la acción, lo absoluto), un reduccionismo que impide poner del lado del individuo el plano ético-político, al ser propiedad del pueblo, de la comunidad, del Estado. Así, en su Filosofía del Derecho se afirma que “lo que el hombre tiene que hacer, cuáles son las obligaciones con las que tiene que cumplir para ser virtuoso, es fácil de decir en una comunidad social ética: no tiene nada más que hacer que lo que le es conocido, expresado y señalado en las relaciones reales de esa comunidad”. Nada más lejos de la filosofía moral de Trías, para quien la realización de la indivualidad en su plano ético no es consecuencia de las instituciones, las costumbres y las tradiciones, sino, todo lo contrario, su principio. En este sentido hay que leer las últimas líneas con las que concluye el mencionado Epílogo: “Superar a Hegel significa erigir como sujeto antropológico y fenomenológico, desde donde plantear la cuestión metafísica, el Alma, en su doble dimensión natural, carnal y abierta a lo espiritual (a la cuestión metafísica)” (op. c it., p. 233). Para Maragall, como ya hemos dicho más arriba, el sujeto se piensa siempre como alma, no como espíritu, una diferenciación o matización que, en mi opinión, no tiene nada de “holista”, según el juicio de Trías, y que explica que el filósofo congeniase con el pensamiento del poeta. Por esto mismo, no acierto a entender esta subjetiva calificación de Trías cuando, después de vindicar a Maragall como pensador, nos dice que “se me antoja pensamiento holista, incapaz de diferenciar y matizar (y en la capacidad por diferenciar o matizar percibo el sello mismo del pensamiento racional)” (p. 140, n. 7).

El testigo de la reflexión metafísica en torno al sujeto ofrecido al final de El lenguaje del perdón lo recoge el mismo Trías en el libro que publica al año siguiente de la aparició de su libro sobre Maragall, Filosofía del futuro, del 1983. Y el momento en el que se recibe este testigo y que hace posible el relevo lo encontramos en El pensament de Joan Maragall, un libro que hace de mediador entre los dos. En las notas finales de este libro encontramos una nota iluminadora al respecto:

“Pensar la unión intrínseca de lo singular y lo universal es, creo yo, el tema fundamental de la filosofía hoy. Pensar un orden universal que brote de la radical diferencialidad del singular es algo que obliga a situar, como fenómeno inicial e indicial, la obra artística, reveladora, en su singularidad, de una pauta interna y de una necesidad irreductible a la necesidad categorial. La idea ontológico-epistemológica que permite pensar inmediatamente en lo singular como universal es la idea de recreación. Sobre este tema mi libro, en preparación, Filosofía del futuro” (op. cit., p. 155, n. 8).

Este libro constituye el preludio de una segunda navegación en la aventura filosófica de Trías, en tanto que representa el tránsito de su propuesta anterior de una filosofía del amor, desarrollada en los libros citados más arriba, desde Meditación sobre el poder, del año 1977, hasta El pensament de Joan Maragall, del año 1982, hacía una nueva y original propuesta filosófica, que es la más propia y personal de Trías, la filosofía del límite. Filosofía del futuro coincide en el tiempo con Els habitants de la frontera. Sobre mètode, modernitat i crisi, un libro en el que avanza meditaciones y textos en torno a la concepción del sujeto y de la verdad que deben servir para otro libro que ya tiene en mente, Los límites del mundo, que publicará en el 1985. En Filosofía del futuro formula una idea-fuerza que desde entonces ha utilizado para el desarrollo de su filosofía del límite. Me refiero al «principio de variación» que define como aquel “principio que rige la unión sintética inmediata y sensible del singular y lo universal propiciada por la recreación” (Barcelona, Destino, 1995, p. 51), que toma como metáfora de conocimiento del arte musical. La formulación de este principio justifica que podamos tomar este libro como el fundamento metódico de la síntesis ontológica de lo singular y lo universal esbozada en Los límites del mundo, como dice el mismo autor. Pero lo que aquí me interesa llamar la atención es que esta definición viene a renglón seguido de una referencia al final del libro El lenguaje del perdón, destacada en cursiva, como si aquel final fuese el tema de una fuga que encuentra aquí su primer contrapunto. “La mediación inmediata de universal y singular en la recreación –dice Trías– constituye el modo inmanente y puramente fenomenológico de repensar la síntesis espiritualista hegeliana del universal concreto o del individuo universal” (op. cit., p. 51).

La superación del hegelianismo se ha consumado, y en esta operación la concepción del alma de Maragall ha jugado un importante papel, en la medida que dio la pauta para elaborar la síntesis entre la dimensión pasional y la dimensión moral del sujeto. En la reflexión de la ética y la estética de Maragall, Trías llega a esta síntesis “esbozando el marco antropológico y ontológico desde el cual es posible pensar esa síntesis”, un síntesis que formulará después como «principio de variación», en el que está in nuce su filosofía del límite. El libro El pensament de Joan Maragall tiene, por tanto, un carácter centáurico en la filosofía de Trías, en la medida que sus ideas sugieren y abren cauces a la formulación de sus sucesivas propuestas filosóficas.



[1] “Ah! Barcelona…” (1-X-1909), “La ciutat del perdó” (11-IX-1909. Su publicación fue rechazada en La Veu de Catalunya por Prat de la Riba, por entonces su director, y quedó inédito hasta su publicación en el 1932) y “La iglésia cremada” (18-XII-1909. Su publicación contiene numerosas modificaciones del original, a causa de la censura eclesiástica y política a la que fue sometido. Para apreciar las diferentes versiones de este texto, véase Josep Benet, Maragall i la Setmana Tràgica. Barcelona, Edicions 62, 2009, pp. 259-277. La primera edición de este estudio data de 1963).

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